Y mi conclusión final es que, queridas, hay que bajar el turrón.

Enero es el mes de las decisiones por excelencia. Más allá de los planes, los propósitos, los tal vez, los “y si”  o los quizá, son días en los que nos replanteamos muchas cosas, ponemos nombre a situaciones que creíamos, se irían con el turrón y sin embargo, siguen a nuestro lado.. Porque amigos; Las campanadas suponen un año nuevo y brindamos porque hemos llegado a el pero nuestra mochila sigue igual de llena o quizá, mucho más que como nos la cargamos a la espalda el enero anterior.

No soy rara si digo que tengo propósitos, listas y planes como casi todo el mundo. Y que me parece genial tenerlos, siempre y cuando no ahoguen, no presionen más de lo necesario o no supongan un esfuerzo que no estamos capacitados o dispuestos a asumir sin que suponga un quebradero de cabeza, pero hoy, 20 días después de empezar el año os cuento que mis listas siguen igual. Exactamente igual que como estaban hace 20 días. No digo que no haya cosas que no pueda conseguir, pero si que creo que lo que nos proponemos tiene que ir mas en linea con nuestro día a día. No con el confort, ojo, pero si con nuestras vivencias, nuestras necesidades, el tiempo del que disponemos, nuestros recursos, nuestra situación emocional… En ese momento, y no a un plazo fijo de 365 días porque señores, eso son muchos días y uno no sabe si a mitad de camino va a cambiar de ciudad, de trabajo, de planes, de situación sentimental, económica o sus ganas van a coger un desvío porque si y ya está. 

Mi palabra del 2018 es, sin lugar a dudas, vértigo. Este año voy a poner el tic a algunas de las cosas con las que siempre he soñado y a la vez, esas mismas situaciones me van a poner en un nuevo campo vital que desconozco por completo. Os he contado que me caso, pero hay más, aunque aun no puedo contarlo, y no es algo trascendente para nadie más que para mi, sin embargo, son cosas potentes que son el claro síntoma de la madurez y el crecimiento.

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Terminé 2017 con una mezcla de sentimientos, sensaciones, logros, fracasos, ganas y miedos indescriptibles. Gracias a Dios estoy a tope con mi tratamiento contra el vitiligo porque sino, estoy segura de que el año que ha terminado me habría dejado unas cuantas marcas de guerra más.

Profesionalmente fue un año de crecimiento, cambios e ilusiones. Emocionalmente se lleva el premio gordo el Si rotundo que le di a Fran. Pero como decía en Instagram cuando despedí el año, hubo muchas otras cosas que no me corresponde a mi contar, que no me pasaron a mi directamente pero si a personas que son mi vida, y aunque suene egoísta, y quizá lo sea, verles sufrir me rompió y me rompe, y ensombrece como es lógico las cosas buenas que me pasaron. Lógico. Igual que a los míos cuando algo me pasa, les duele, les quita el sueño y les hace no estar del todo bien. Pero eso es normal, es la vida y gracias a Dios queremos muy muy fuerte. Sino, nada tendría sentido.

Una de las cosas, que sin nombres, puedo contar, es que a un familiar le diagnosticaron cancer de mama. En mi familia directa hemos sido muy afortunados en cuanto a enfermedades se refiere. Mucho. y fue un mazazo. Su actitud esta siendo de medalla, y una vez mas, las lecciones de vida nos hacen mas felices que el turrón en navidad (algo obvio, pero que conviene recordarnos a nosotros mismos)

En diciembre, en casa, pensaba en la boda. En las ganas de que saliera bien, en el presupuesto de la misma, en cuanto tenia que crecer este año Petite Mafalda para seguir cubriendo las necesidades que tenemos Laura y yo que como es lógico, van creciendo con nuestra vida personal, en un par de cosas que como os decía, aun no puedo contar… Y mi conclusión final es que queridas, hay que bajar el turrón. Las navidades nos ayudan a crearnos expectativas de lo que el próximo año puede llegar a ser. Nos llenan de preguntas e incertidumbre respecto a las cosas que necesitamos cambiar. Nos pone, a veces, al limite de nuestra capacidad emocional sobre cosas o aspectos que necesitan dar un giro. Y todo esto mientras vamos llenando nuestro cuerpo de turrón y turrón y mas turrón. 

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Este enero ha sido, para mi, una dosis de realidad. De lo que realmente necesito. De hasta donde realmente soy capaz de llegar en mis propósitos (por ejemplo, en el tema del deporte o de comer bien) De hasta dónde puede llegar Petite Mafalda y cuánto esfuerzo tenemos y queremos invertir en ello, que es mucho. De lo que de verdad importa el día de mi boda (esto siempre lo he tenido claro) de lo que quiero y puedo invertir en ella. Un mes en el que he ido poco a poco bajando kilos emocionales, dulces, pero emocionales sobre lo que va a pasar o dejar de pasar en los próximos meses (incluso años) porque de la misma manera que ahora mismo tengo dilemas presentes, en su momento, ello ocupara mi cabeza. Pero ese, sin duda, no era el turrón del 2017.

Asi que bajemos el turrón, y brindemos, por ello, con un buen champagne

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¡Qué tengáis una feliz semana!

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